Ensayo perteneciente al libro “El cine” de Artonin Artaud.
El cine y la abstracción
Antonin Artaud
El cine puro es un error, como lo es en cualquier arte todo esfuerzo por alcanzar su principio íntimo en detrimento de sus medios de representación objetiva. Es un principio muy particularmente terrenal que las cosas no pueden actuar sobre el espíritu más que a través de un cierto estado material, un mínimo de formas sustanciales suficientemente realizadas. Existe quizás una pintura abstracta que prescinde de los objetos, pero el placer que se obtiene de ella conserva una cierta apariencia hipotética, con la cual, verdaderamente, el espíritu puede contentarse. El primer grado del pensamiento cinematográfico me parece que reside en la utilización de los objetos y de las formas existentes, a las cuales se puede dotar de toda expresión, porque las disposiciones de la naturaleza son profundas y verdaderamente infinitas.
La concha y el reverendo juega con la naturaleza creada y se afana por hacerle dar un poco del misterio de sus combinaciones más secretas. Por tanto, no debe buscarse en ella una lógica o una sucesión que no existen en las cosas, sino, antes bien, interpretar las imágenes que se desarrollan en el sentido de su significación esencial, íntima, una significación interior, que va de fuera a dentro. La concha y el reverendo no cuenta una historia, sino que desarrolla una sucesión de estados del espíritu que se deducen los unos de los otros, como el pensamiento se deduce del pensamiento, sin que este pensamiento reproduzca la sucesión razonable de los hechos. Del contraste de los objetos y de los gestos se deducen verdaderas situaciones psíquicas entre las cuales, bloqueado, el pensamiento busca una sutil salida. Allí todo existe en función de las formas, de los volúmenes, de la luz, del aire —pero sobre todo en función del sentido de un sentimiento despegado y desnudo que se desliza sobre los caminos empedrados de imágenes, hasta alcanzar una especie de cielo donde se expande por completo.
Los personajes no son más que cerebros o corazones. La mujer despliega su deseo animal, tiene la forma de su deseo, el parpadeo fantasmagórico del instinto que la empuja a ser una y distinta, sin cesar diferente, en sus constantes metamorfosis.
Mlle. Athanasiou ha sabido identificarse muy bien con un papel absolutamente instintivo, en el que una sexualidad muy curiosa adquiere un aire de fatalidad que llega a superar al personaje, en tanto que ser humano, hasta alcanzar lo universal. Sólo puedo igualmente dirigir elogios a los señores Alex Alin y Bataille. Y, para terminar, quiero expresar mi especial agradecimiento a Mme. Germaine Dulac, que se ha dignado admitir todo el interés de un guión que busca introducirse en la propia esencia del cine y no se ocupa de ninguna alusión al arte ni a la vida.